lunes, 30 de septiembre de 2013

En la oscuridad


Esta historia es totalmente verídica. Ocurrió ya hace años en algún bosque en la comunidad de Galicia. Un hombre, de apenas 40 años de edad, iba con su moto por un pedregoso sendero de ese bosque cuando, por alguna extraña razón, decidió adentrarse en él. Jamás se ha podido olvidar de la decisión que tomó aquel día. Y ocurrió lo inevitable.

La espesa oscuridad de la noche empezaba a caer sobre la zona y la visibilidad cada vez era menor, hasta el punto de no poder distinguir el sendero. Incapaz de recordar el camino de regreso, empezó a dar vueltas y vueltas y siempre, al final, se encontraba en el mismo lugar, no avanzaba ni retrocedía.

La desesperación y el miedo se apoderaron de él, pero lo peor estaba por llegar... En la oscuridad los miedos aumentan...

Para más cúmulo de malas noticias, la moto pincha su rueda trasera. Todo parecía estar perdido. La oscura noche se apoderó totalmente del bosque, y el silencio, el silencio, era aterrador.

Muerto de frío, hambriento, cansado, y sobre todo aterrorizado emprendió el camino a
pie. Debía llevar ya una media hora andando cuando por fin vislumbró algo no muy lejos de
donde estaba, algo que le hizo recuperar la sonrisa. Una vieja casina de madera, con luz dentro parecía decirle que su desesperación se había acabado.

- "Hay gente dentro"-pensó-"Me ayudarán"- Era la segunda decisión desafortunada desde que se adentró en el bosque...

Llamó a la puerta, las personas que le abrieron dudo que las haya olvidado y que las olvide en lo que le queda de vida.

Una pareja de ancianos, de entre 65 o 70 años le atendieron muy amablemente. Les comentó todo lo que había sucedido, y ellos le invitaron a pasar la noche allí. Él accedió agradecido.

La cena no resultó del todo de su agrado...La carne tenía un gusto que el nunca había probado, y el vino tres cuartas partes de lo mismo. Dando gracias a los amables ancianos pidió que le enseñaran sus aposentos, donde pasaría la noche. El anciano le acompañó...

-" Es curioso ver como nuestros temores disminuyen cuando tenemos alguien con quien compartirlos, ¿no cree? Usted parecía muy asustado cuando apareció, pero poco a poco su miedo se fue desvaneciendo...Supongo que escapar en la oscuridad debe volverle loco a uno...¿Quién sabe si el verdadero miedo se debe encotrar cuando creemos que estamos a salvo? jejeje..."- Bromeó el viejo. -Desvaríos de ancianos..."- Pensó el hombre.

Ya estaba durmiendo, debían ser altas horas de la madrugada, cuando un crujido le despertó...Alguien estaba subiendo las escaleras muy despacio...demasiado despacio
incluso para dos ancianos...era como si fuera sigilosamente mientras trama algo...Esa desconfianza hizo que el hombre se levantara y mirara por la mirilla de la puerta....Lo que vio le puso los pelos de punta.

Aquel anciano amable, iba hacia su habitación con un hacha en la mano y unos ojos...una mirada que haría echar a temblar a cualquiera.

Corriendo intentó desesperadamente huir, buscó sus zapatos debajo de su cama y notó algo líquido y viscoso en el suelo..se agachó, y vio un cadáver...Pegó un grito. Lo que hizo que los pasos del anciano aumentarán su velocidad. Desesperado, abrió la ventana en el mismo momento que el anciano abrió la puerta, y saltó por ella.

Echó a correr por el bosque mientras oía al anciano gritar:

-"Puedes escapar de nosotros, pero en la oscuridad estarás eternamente. No puedes huir de tus temores!!". Siguió corriendo, y no paró hasta el amanecer...

Por fin encontró la moto. Y el camino de vuelta por el sendero. Cuando se miró el rostro por el retrovisor, parte de su pelo había encanecido..por el miedo de aquella noche.

Una noche que jamás olvidaría...Una oscuridad que le ha hecho dormir todas las noches con la luz encendida. Un miedo del que no puede escapar.

viernes, 6 de septiembre de 2013

La ofrenda


Laura se durmió con odio a Marcos y al despertar no estaba en la cama donde se había acostado la noche anterior sino en la cueva del acantilado, mi guarida, en un universo que nada tiene que ver con el de los hombres y mujeres de la tierra.

Afuera, la tormenta infernal y eterna arreciaba sobre el mar que parecía reclamarle supremacía, ansiosos de alcanzarse el uno al otro para la batalla final.

Arriba, el rugir del cielo, con el viento que arrastraba por lo alto nubes negras como crespones fúnebres, que de vez en cuando dejaban ver una luna con el color de la infección.

Abajo, la monstruosa marejada azotaba una y otra vez el negro arrecife de coral y amenazaba con despedazarlo como una pesadilla del Kraken. Por momento aparecían restos de embarcaciones provenientes de otros tiempos.
Desnuda, ella vio con extrañeza el fuego que chisporroteaba a su lado y, temblorosa, volvió a mirar la tormenta de afuera pero esta vez algo había allí. La silueta inmóvil de un hombre con una mueca de risa. Alto, con fosforescentes ojos rojos de serpiente, colmillos y dientes de lobo.
 
Desnuda, ella vio con extrañeza el fuego que chisporroteaba a su lado y, temblorosa, volvió a mirar la tormenta de afuera pero esta vez algo había allí. La silueta inmóvil de un hombre con una mueca de risa. Alto, con fosforescentes ojos rojos de serpiente, colmillos y dientes de lobo.
 
Laura descubrió en esos ojos a Marcos y sonrió. Se sintió subyugada. Enamorada.
Se levantó sin ningún tipo de pudor con todo su cuerpo de piel blanca y sonrosada y se acurrucó entre mis brazos, sus manos recorrían mi pecho de piel escamosa. No le tuvo miedo a las garras de tres dedos del Amo de los Vientos y se estremeció cuando le acaricié la espalda y posé una zarpa en su cadera.
Afuera, el infierno estaba más desatado que nunca. Las olas voraces parecían ganar la batalla al acantilado que se deshacía en grandes trozos de roca y árboles que se alzaban como manos clamando desesperados al cielo negro y rugiente.
 
Ella levantó su cara y pegó su sonrisa a mis fauces, su lengua recorrió cada uno de mis afiliados dientes y le provocaron sangre. Sus labios y sus mejillas de colorearon de escarlata.
Sin dejar de sonreír, excitada y temblorosa, Laura se volvió, se inclinó, se entregó. Yo la poseí. Cambió el éxtasis y el dolor por la inmortalidad de Yog Sototh el Demonio de la Soledad.
Luego de la oscuridad, abrió pesadamente los ojos con el pitido lacerante del despertador, desnuda y sudorosa, en la cama de su departamento. Sintió un sabor acre en la boca, hizo una mueca de asco y escupió algo de sangre en la alfombra. Tenía que levantarse para ir a la oficina. Y una vez más odió a Marcos.