viernes, 6 de septiembre de 2013

La ofrenda


Laura se durmió con odio a Marcos y al despertar no estaba en la cama donde se había acostado la noche anterior sino en la cueva del acantilado, mi guarida, en un universo que nada tiene que ver con el de los hombres y mujeres de la tierra.

Afuera, la tormenta infernal y eterna arreciaba sobre el mar que parecía reclamarle supremacía, ansiosos de alcanzarse el uno al otro para la batalla final.

Arriba, el rugir del cielo, con el viento que arrastraba por lo alto nubes negras como crespones fúnebres, que de vez en cuando dejaban ver una luna con el color de la infección.

Abajo, la monstruosa marejada azotaba una y otra vez el negro arrecife de coral y amenazaba con despedazarlo como una pesadilla del Kraken. Por momento aparecían restos de embarcaciones provenientes de otros tiempos.
Desnuda, ella vio con extrañeza el fuego que chisporroteaba a su lado y, temblorosa, volvió a mirar la tormenta de afuera pero esta vez algo había allí. La silueta inmóvil de un hombre con una mueca de risa. Alto, con fosforescentes ojos rojos de serpiente, colmillos y dientes de lobo.
 
Desnuda, ella vio con extrañeza el fuego que chisporroteaba a su lado y, temblorosa, volvió a mirar la tormenta de afuera pero esta vez algo había allí. La silueta inmóvil de un hombre con una mueca de risa. Alto, con fosforescentes ojos rojos de serpiente, colmillos y dientes de lobo.
 
Laura descubrió en esos ojos a Marcos y sonrió. Se sintió subyugada. Enamorada.
Se levantó sin ningún tipo de pudor con todo su cuerpo de piel blanca y sonrosada y se acurrucó entre mis brazos, sus manos recorrían mi pecho de piel escamosa. No le tuvo miedo a las garras de tres dedos del Amo de los Vientos y se estremeció cuando le acaricié la espalda y posé una zarpa en su cadera.
Afuera, el infierno estaba más desatado que nunca. Las olas voraces parecían ganar la batalla al acantilado que se deshacía en grandes trozos de roca y árboles que se alzaban como manos clamando desesperados al cielo negro y rugiente.
 
Ella levantó su cara y pegó su sonrisa a mis fauces, su lengua recorrió cada uno de mis afiliados dientes y le provocaron sangre. Sus labios y sus mejillas de colorearon de escarlata.
Sin dejar de sonreír, excitada y temblorosa, Laura se volvió, se inclinó, se entregó. Yo la poseí. Cambió el éxtasis y el dolor por la inmortalidad de Yog Sototh el Demonio de la Soledad.
Luego de la oscuridad, abrió pesadamente los ojos con el pitido lacerante del despertador, desnuda y sudorosa, en la cama de su departamento. Sintió un sabor acre en la boca, hizo una mueca de asco y escupió algo de sangre en la alfombra. Tenía que levantarse para ir a la oficina. Y una vez más odió a Marcos.

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