martes, 3 de julio de 2012

Legítima defensa

Veintisiete huesos dentro de mí, un revolotear de uñas y cutículas, tu dedo índice sermoneándome mientras se deshace, el anular perdido para siempre.
No estoy arrepentida, la boca está bien puesta, aunque tenga la lengua un poco ahorcada y la mandíbula como la de una boa. Quizás deba ir al dentista.
Tu sangre tiñó mis muelas y se está coagulando en mis encías. Arg.
Y a la jueza le diré la verdad y nada más que la verdad: que tenías la mano dura.

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