miércoles, 31 de agosto de 2011

Las cortinas

Allí estábamos mi amigo y yo encogidos detrás de las cortinas temblando de miedo. Esperábamos que el monstruo no se diera cuenta de nuestra presencia, se cansara y se fuera. Estábamos seguros de que pasaría de largo e incluso mi compañero me sonrió con confianza guiñándome el ojo. Entonces vi sus ojos rojos, sentí un agudo dolor en el cuello y un frío intenso en el corazón. Desperté con otros ojos, otras manos, otras uñas, otro pelo, otros dientes...
Las cortinas estaban descorridas y mi alma ya no existía. Mi amigo yacía a mi lado en un charco de sangre con la yugular desgarrada y los ojos abiertos. Su cara desencajada en una eterna agonía mostraba el terror absoluto. Y me dió la risa...
Me hacía gracia mirarle... Tenía sed y bebí su sangre muerta mientras coágulos llovían de mis lagrimales. Lloraba, reía e hipaba en un doloroso frenesí. Mi vida había cambiado.

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